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Japón, un amor de verano

En agosto del año pasado tuve la oportunidad de visitar un lugar de ensueño, el destino: Japón. Después de 14 horas de viaje y con una escala de 6, la ciudad de frontera y aduana fue Tokio. Capital de este país que como primera reacción me dejo sin PA-LA-BRAS. Llena de contrastes, con zonas donde solo reina la paz y predomina lo tradicional, así como con otras donde sobresalen los rascacielos, los avisos publicitarios (desde mi punto de vista occidental, desproporcionados) y, así suene a cliché, ¨last but not least¨ la exagerada iluminación.

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De esta maravillosa e imponente ciudad y sobre la cual podría escribir varias páginas me queda el recuerdo de Shibuya, el Tokyo Skytree (aunque soy pésima para los planes extremos y que impliquen alturas, estando allá no podía dejar pasar esta oportunidad), la zona de Shinjuku, la torre metropolitana, el paso por el palacio imperial, la visita al Santuario sintoísta Meiji – dedicado a los espíritus del emperador Meiji y su esposa, así como el paso por Yasukuni Jinja – un santuario construido como homenaje a los 2,5 millones de japoneses caídos en la Segunda Guerra Mundial, el barrio de Akihabara – también conocido como “Ciudad Eléctrica” (una breve pasada por el centro del Manga y Animé japonés), el templo budista de Sensojiel – considerado como el más antiguo e importante de esta metrópoli – y el barrio tradicional de Asakusa.

Dejando a un lado el ambiente de una ajetreada capital, nuestra siguiente parada (a aproximadamente 191 km) fue en Kawaguchiko. Una ciudad con un majestuoso lago, el cual está rodeado de casas pequeñas, imponentes montañas y una vegetación que hasta este punto del viaje no había visto. La expectativa era toda; un viaje en teleférico al Monte Tenjo que nos permitiría tener el mejor paisaje sobre este lago y los lagos vecinos y por supuesto al espectacular Monte Fuji. Sin embargo fue un día nublado, opacado por lluvia y con la humedad en su máxima expresión; pero el mal clima no opacó la experiencia e hicimos nuestra subida y un paseo en barco, al final el Monte tímido por este inesperado clima nos regaló su mejor pose.

Después de pasar la noche en el Ryokan (tipo de alojamiento tradicional japonés donde su experiencia más recomendada es disfrutar de un Onsen – baños tradicionales japoneses con aguas termales de origen volcánico – al cual no fui capaz de entrar por sus normas, especialmente la de ingresar a la ¨piscina¨ completamente desnuda) iniciamos una nueva aventura hacia Nagoya; durante este recorrido en bus pudimos hacer varias paradas para conocer el Museo de Toyota, Iyashi No Sato Nenba – un pequeño pueblo destruido en 1966 por un ciclón y recuperado como museo – y las Cataratas de Shiraito con una caída de 150 metros.

Sin perder un solo segundo, dimos inicio a nuestra siguiente parada: Kioto. Esta fue la única ciudad japonesa que no fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, conservando toda su arquitectura y patrimonio; de esta pudimos disfrutar el santuario sintoísta de Fushimi Inari, el Palacio Imperial, el templo de Kinkakuji, el templo Tenryuji – 1/5 grandes templos Zen incluido su místico bosque de bambú – y una de las de noches dimos un paseo por Gion (barrio tradicional y famoso por ser la casa de la Geishas. Aunque ya no es muy frecuente verlas por el acoso de los turistas, durante este recorrido corrimos con la suerte de ver una en un taxi).

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Para cerrar este maravilloso viaje y el cual repetiría todas las veces que pudiera, pasamos por Nara y visitamos Todaiji, Templo Budista construido en el 752, donde sobresale su Buda gigante y el Templo Budista de Horyuji. Además fuimos a Osaka, la segunda ciudad de Japón e igual de moderna a su capital, y entre las actividades programadas hicimos un paseo por Dotonbori – barrio lleno de luces y donde se concentra la vida nocturna de la ciudad. También fuimos a Kursahiki, donde embarcamos un pequeño ferry que en aproximadamente 15 minutos nos llevó a Miyajima, una isla donde conviven hombres y dioses. A nuestro regreso pasamos por Hiroshima, ciudad conocida por el ataque con bomba atómica en 1945 destruyendo por completo la ciudad; pasamos por el memorial de la paz, la cúpula de la bomba y el museo de la paz.

Mis Curiosidades:

Su gente: cálida, amable y con un espíritu de servicio como ninguno. Siempre muy bien vestidos, los hombres en horario laboral no se complican: siempre de camisa clara y pantalón oscuro; por el contrario, las mujeres – independiente del calor que estuviera haciendo – perfectamente maquilladas, implacablemente vestidas y huyendo del sol, su ideal de piel siempre blanca, pura y clara.

Fashionitas: corriendo y en el afán de encontrar la estación de tren que nos servía para cumplir una cita y reagruparnos con la familia, me topé con una pequeña tienda – Accommode – llena de curiosidades que uno siente que se ganó la lotería y por supuesto se quiere llevar todo. Como resultado de esta pequeña parada, terminó en mi maleta un Clutch y un Pouch.

Alimenticias: yo me consideraba la más guerrera a la hora de comer, en este viaje me di cuenta que no era así. Esta fue mi mayor dificultad durante el paseo. La comida tradicional japonesa es lo mismo durante las tres comidas: las proteínas y verduras cocidas al vapor, con poca o prácticamente sin sal, y condimentos menos. Sobreviví la mayor parte de este viaje con Onigiri de Atún – consiste en una porción de arroz rellena con atún, u otros ingredientes que también se pueden escoger. Suele tener forma triangular u oval, y a veces está envuelta en una tira de alga nori. Lo mejor es que se consiguen en cualquier estación de gasolina o mini-mercado (Japón está lleno de ellos) y su precio aproximado es de USD$1.50.

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